¿Para qué detener el tiempo?

Por María Fernanda Sandoval.

mfsandoval@kaleidoscopioart.com

Corre, salta o desaparece. No se sabe a ciencia cierta cuál será su técnica, sin embargo a lo largo de la historia siempre ha sido experto en esfumarse. Su nombre: el tiempo.

El tiempo es un trotamundos. Perseguido, anhelado y valorado por muchos, nos quita y nos entrega grandes emociones en el mismo lapso. Es un reloj exacto, donde no hay retrocesos, ni pausas permitidas.

A veces nos volvemos ignorantes del presente y se nos ocurre la absurda idea de querer detenerlo. ¿Para qué? ¿Acaso para tener más tiempo?

Si lo que queremos es más vida, acortar distancias y hacer perdurar las decisiones, el momento es ya, ese segundo que acaba de pasar…

No hay mejor ritmo, ni mejor estado que el de “ahora”. El tiempo es solo poesía del presente, que fue victima de la metamorfosis del llamado pasado y del futuro.

No hace falta detenerse. No es necesario tampoco detenerlo. El tiempo aunque es escurridizo nos pertenece. Es el recurso para materializar nuestras acciones. Si hoy aún respiras, es el tiempo que quiere que hagas con él, vida.

Vivir, sentir, pintar, caminar, recomenzar… Tiempo sobra, lo que debemos de tener claro, es que en ocasiones los malos administradores del apreciado tiempo somos nosotros mismos.

Hoy tiene 24 horas, 1440 minutos, 86400 segundos. ¿Ya decidiste que vas a hacer con tu tiempo?

No hace falta detenerlo, sencillamente no es posible. Hay que vivir con él y no tras de él. Es obligatorio disfrutar cada milésima de segundo el éxtasis de estar vivos. ¡Es tiempo de ser!

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